…somos así; para las crueldades chiquitas tenemos un corazón de mantequilla que se asusta y se estremece por nada hasta el llanto; para las crueldades grandes que cometemos y sufrimos diariamente, en lugar de corazón tenemos un ladrillo. Que la casa tal se incendió anoche y la familia tal quedó en la calle; que quinientas personas fueron descalabradas por un accidente ferroviario; que el empleado tal quedó cesante con mujer y dos hijos; que don Fulano, arruinado por una hipoteca, se ha vuelto loco, arrojándose a la calle por una ventana….por muy sensibles que seamos, ninguna de las noticias que preceden nos hacen perder el apetito.

— Nemesio Canales (1878-1923)

…La policía tenía que intentar sorprender la jugada de gallos en el acto, pero los vigías apostados prevenían a tiempo sobre la llegada de los guardias: ¡La policía! ¡Corran, que los cogen! Los gallos desaparecían como por arte de magia, y a la policía sólo le quedaba esperar a que los concurrentes se dispersaran.

— Fernando Picó “Gallos Peleados” (1983)

Excmo. Sr. Marqués de Campo, “De Madrid a Panamá, Vigo, Tuy, Tenerife, Puerto Rico, Cuba, Colón y Panamá” (1886)

La afición a las peleas de gallos es la pasión que más les domina [a los puertorriqueños]. Nada tan curioso como una de ellas en el Circo Gallístico de Río de Piedras. La entrada en la gallera –que es fea y destartalada—cuesta un peso. La diversión empieza a las dos y termina al anochecer. Nunca faltan gallos para pelear. Preside el alcalde, que sitúa junto a una valla con honores de palco que existe sobre el sitio destinado al jurado. Generalmente, a la vez que pelean los gallos luchan las razas, es decir, los blancos y los de color, apostando unos contra otros a favor del bicho de su pertenencia o de su predilección. Hay negros tan inteligentes en estas lides, que adivinan el efecto que ha de producir un espolonazo, que para la casi totalidad de los espectadores ha pasado desapercibido, y entonces se les ve doblar las apuestas, triplicarlas y ofrecer una onza por un peso cuando su gallo empieza a vencer al adversario. Los combatientes son a cual más bravo. Sólo dejan de picar y de moverse cuando la gravedad de las heridas imposibilita sus movimientos o la agonía apresura su muerte. Muchas veces ocurre que, recogido uno de los gallos casi sin aliento de vida, recobra súbitamente vigor y fiereza, debido a haberle reanimado su dueño chupándole la sangre de las heridas y rociando su cabeza y su parte superior con agua fresca. Hemos presenciado más de veinte careos en una sola pelea y vencer aquel que se retiró moribundo en el que precedió al fin de la lucha. Las apuestas que se cruzan son muy considerables. Personas importantes de la capital pasan las tardes de los días festivos en la Gallera de Río de Piedras y contribuyen a que no decaiga la afición. Las Galleras pagan un fuerte impuesto.